Alicia Plante

 

En invierno la noche cae de golpe en Madrid, mientras el viento como navajas dobla las esquinas buscando resquicios en la ropa de la gente, que sin embargo no se acobarda y reapa­rece en las calles, en los portales, en los manchones violentos de color y luz calien­te que sale de los bares, en las mil diagona­les posibles para cruzar la Plaza Mayor. Lo que más les veo son los ojos, las manos multi­plicadas de algún tano que mientras camina subraya una histo­ria pensan­do que no le creen; hasta los indife­ren­tes están, sentados a la intemperie frente a las mesas que el optimismo o la estupidez del dueño pone afuera al bajo cero de su porción de Plaza.

Ninguna de las tres tiene más de veinticinco años, época dorada del paso leve y la gracia inevitable, de la sonrisa inmediata y las expecta­tivas súbitas, el todo por delante quitando importancia a cada posterga­ción de la felici­dad. Tendremos compañía, claro, aún si no la quisiéramos, que la queremos. Chicos sueltos y corte­ses, su acento casi afectado de tan auténtico, una situa­ción grata que como aquellas décadas mandaban nos lleva por una cortada que baja de la Plaza, seguramen­te la de Cuchi­lleros, hasta la tasca favorita. Calor repentino, humo, las voces de los amigos, fuertes, muchas, una guitarra, dos, la semi reclusión intrauterina de uno de aquellos huecos separados por arcadas, nuestra propia jarra de vino y nuestras tapas sobre la mesa rodeada de bancos contra paredes blanqueadas a la cal, apretados, entu­siasmados sin especial motivo, ajenos a la música del grupo vecino. Nosotras no acertamos con las palmas pero igual el cante nos ennoblece con su pasión.

Sería recién cuando nos reencontráramos que mi compa­ñero iba a contar­me la historia. Cinco años había pasado en Alemania estudiando, había echado músculos y pelo allá, lejos de su tierra, de su familia, de su gente. Casi lo enfermó la añoranza, y entonces, dijo, arrimado como estaba a los compa­triotas, aprendió a cantar, como si el cantejondo hubiese anidado en él sin que lo supiera, esperando el momento en que la nostalgia le rompie­ra el corazón y le abriera la gargan­ta.

Finalmente el exilio se fue terminando y un día hizo la valija y volvió a su casa. Que se abrazó con todos, cada uno, también con el abuelo, afortunadamente. Siempre había amado a ese abuelo andaluz que de chico le contaba historias y le enseñaba cosas, que había conoci­do a Lorca y que tocaba la guita­rra como sólo lo hacían los gitanos. Cuando finalmente se sentaron juntos en el patio a recuperar la vida, le oyó decir que ya no hacía música porque joder que le dolían las manos. Se lo quedó mirando, las manos le miró, torcidas, pero no tanto.

–Abuelo, aprendí a cantar…, quiero que toque para mí y yo le canto.

–No puedo, ya no toco. Y tú, mira que justo en Alemania…

–Abuelo, tiene que tocar para que yo le cante, abuelo.

Claro que tocó. Y claro que mi amigo cantó y que lloraron juntos.

Yo no conocí al abuelo gitano, el nieto no me llevó a su casa, pero me invitó al teatro para escuchar a un amigo que mal no lo hacía, que a él francamente le gustaba bastante. Fue la primera vez que oí tocar a Paco de Lucía.