Paulina Juzko

 

DE  CHORROS, ATRACOS  Y  OTRAS  YERBAS (MENOS  MARIHUANA)

(Historietas de la cotidianeidad argentina)

 

 

Peripecia primera

 

Una octogenaria acaba de cobrar su beneficio jubilatorio en un banco de la localidad suburbana de Elisaville. 6.600 pesos. Contempla amorosamente los  billetes de quinientos nuevecitos, los pliega con cuidado, los envuelve en el talón del cheque e introduce el rollito en su corpiño (1) que, junto con las ligas, constituye una de las cajas fuertes más inexpugnables de la femenina especie. El billete de cien lo pone en el monedero.

Mientras camina hacia su domicilio tararea La Cuca que lo tiró  de la Pantera Pocho, concentrando todos sus pensamientos en el ministro de Economía. Luego pasa a una actitud más positiva, solazándose con la idea de que al fin podrá comprarse el remedio para el reuma..

Es la una, verano, calles y jardines están desiertos debido a la canícula y al ejercicio del diario yantar. Una solitaria transeúnte se acerca a nuestra jubilada preguntándole la hora. Esta última (la jubilada, no la hora) no desconfía por tratarse de una congénere vestida correctamente y que se dirige a ella con buenos modales. Se detiene para decirle que no lleva reloj (porque al que tenía se lo robaron una vez que viajó en tren a Hudson City, a lo de unos parientes, y ya no pudo comprarse ni siquiera uno de ésos de cincuenta pesos; pero estos detalles no le interesarán seguramente a su interlocutora), sin embargo salió del banco a la una menos cinco, así que debe ser la una y cinco. La otra la escucha cortésmente y después le dice:

  • Dame la plata, abuela. Si no hacés escándalo, no te va a pasar nada. En aquel auto hay dos tipos y uno te está apuntando con un revólver.

Efectivamente, un Renault blanco acaba de estacionar a pocos metros. La atracada (que podrá ser vieja, pero no come vidrio molido) le tiende temblando su monedero, con la dulce esperanza de salvar los 6.500 que anidan entre sus fláccidos pechos.

  • No, querida, dame lo que te pusiste en el corpiño. – insiste la atracadora con una sonrisa irónica.

Entretanto uno de sus cómplices  ha bajado del coche y se acerca con la mano y algo más en el bolsillo de la campera. Una vez que el botín está en poder de su compañera, el quía sugiere, lleno de solicitud:

  • Devolvele el talón del cheque, así la abuela no tiene problemas cuando vaya al médico de la obra social.

Se suben al auto y chau: si me has visto, te recomiendo que no te acuerdes.

 

 
 
Peripecia segunda

           

Compungida, cariacontecida, llorosa y gimoteante, la cuitada pasiva se apersona en la comisaría a fin de hacer la denuncia, pese a las amenazas – siempre corteses – de los asaltantes: – Te aconsejamos que no hagas la denuncia, abuela. Si vas a la policía, sos boleta. Y no queremos hacerte daño.

Es la primera vez en su vida que pisa una seccional y no se imaginaba que estaría tan concurrida. La de la mesa de entrada le explica que cayó en mal momento: un sobrino del Jefe de Policía, detenido por una patota al volver de madrugada de un boliche bailable, fue golpeado y dejado en … como el Supremo lo echó al mundo, en la avenida y 16; se sospechaba que los autores del hecho eran homosesuales drogaditos, por lo cual se había practicado una razzia entre el elemento gay de la zona y se los estaba interrogando.    – Tendrá que esperar su turno, señora.

Nuestra protagonista se resigna a la amansadora entre la pintoresca concurrencia – en esto de la resignación le sobra entrenamiento. Uno de los raritos (para ella son invertidos o maricas, aunque ahora les digan trolos) le cede su lugar en el banco del hall. El de al lado, que luce una melena afro y las uñas de manos y pies esmaltadas, le pregunta qué le pasó.

  • Ya no hay seguridad en las calles, ni siquiera en Elisaville. – comenta – Y todos los muertos nos los cargan a nosotros, ¿le parece bien, abuela? No porque seamos putos nos van a echar la culpa de todo lo que pasa, es una injusticia.

Doña X. no sabe qué contestar, sonríe con una vacilante sonrisa de compromiso. Pobre vieja, demasiado en un día: primero el asalto y ahora este cónclave de gays.  Pasan los minutos.  Ya hace dos horas que espera, muerta de hambre y de sueño (se perdió su siestita), cuando la hacen pasar a una oficina donde un uniformado, con cara no se sabe bien si de aburrido o de cansado, está sentado detrás de una máquina de escribir. Como no la invita a sentarse – los chorros y los maricas eran más educados – la víctima, paradita, declara que el hecho tuvo lugar el 1º de diciembre en la esquina de 14 y 38, a las 13 aproximadamente.¿Puede describir a los asaltantes? Perfectamente, ella será vieja, pero muy observadora. La mujer de unos treinta años, estatura mediana, delgada, pelo castaño oscuro, ojos marrones, nariz respingada, boca más bien grande y un lunar en la mejilla, en la derecha, le parece; vestía una pollera blanca y una camisa de seda floreada, sandalias y bolso negros. El hombre que bajó del auto era más o menos de la misma edad, alto, flaco, morocho, la nariz como quebrada; no tuvo tiempo de fijarse en el color de los ojos, pero debían ser comunes, pardos, porque de lo contrario le habrían llamado la atención, tenía un vaquero gastado, una campera de la misma tela y remera negra. Ambos se expresaban bien, sin gritar, con una voz agradable. Ah, otra cosa, él llevaba una alianza en la mano izquierda. Al otro no lo pudo ver puesto que se quedó en el coche, era el que manejaba. El auto, sí, un Renault blanco, no sabría decir qué modelo, de eso ella no entiende nada y no pudo verle la chapa porque estacionaron a unos cuantos metros y después se fueron a toda velocidad.

  • ¿Los van a buscar, oficial?
  • En este momento no disponemos de móvil, abuela. Además si nos pondríamos a buscar a todos los asaltantes, no nos alcanzaría ni el triple de los móviles que ¿Sabe las denuncias que hay por día? Agradezca de que no le robaron los documentos, por lo menos, y de que no la lastimaron como a otros, como al chico de anoche, sin ir más lejos. Lea y firme aquí, por favor.
  • ¿Entonces no vale la pena molestarse en hacer la denuncia? – musita la anciana, intimidada por el tono perentorio del representante de la ley y el orden.
  • Al contrario, – le contestan severamente – hay obligación de hacerla y además es completamente gratuito, no se paga como para otros trámites. Por ahi, quién le dice, los agarramos infargantis cometiendo un nuevo delito y, como ya está la denuncia, les hacemos confesar lo suyo. Cualquier cosa, le avisamos.

Doña X. abandona la comisaría en un estado de perplejidad vecino de la estupefacción. Por el momento sólo puede pensar en las faltas de ortografía de la copia que firmó (en sus tiempos fue maestra): naris, ceda, zandalias, meguilia, haliansa… ¡un horror! Y tiene la extraña sensación de haber escapado por un pelo de que la metieran presa a ella. Luego vendrán las lágrimas, el rechinar y crujir de dientes, cuando se dé cuenta cabal de que dispone de cien pesos para afrontar el mes y de que no hay Chapulín Colorado que pueda ayudarla.

 

 

 

 

  • En itálicas los argentinismos y barbarismos propios de la lengua popular.