Cristina Civale

 

Horacio Quiroga

  

Del libro

Crónicas suicidas

milena cacerola, Buenos Aires, 2013

 

 

La envenenada, la ahogada, la tuberculosa. Mis tres mujeres. La primera, mi gran amor. Pienso en ella mientras miro, absorto, el techo con algo de moho en este hospital porteño. Después de largos meses de internación, el médico por fin me lo dijo. El cáncer me come el cuerpo desde el estómago y lo roerá hasta devorarme. Será más o menos pronto. No me lo puede asegurar.

Necesito tomar aire y rumiar la situación. Pido permiso para salir. Me lo dan fácilmente. Tomo mi abrigo y me voy a la calle. Es otoño en Buenos Aires y aunque los colores mutan en una belleza elocuente, nunca alcanzarán el esplendor de los de la selva, de dónde nunca debí haber partido para sentirme arrumbando y solo en ese lugar donde nada se cura.

Rumio y decido. Visito a un amigo, el no sabe que será nuestro último encuentro. Paso a darle el último beso a mi hija que no me pregunta nada. Hago dos compras. Entro al hospital como si fuese un hotel. Me saco el abrigo y me pongo el piyama. Mi compañero de cuarto me dice algo mientras me sirvo un vaso con whisky. No le hago caso. Me trago el cianuro y luego vacío el vaso con whisky. Devoro mis dos compras. Espero. Mi cuerpo se convulsiona. Estoy fuera de control. Mi compañero de cuarto no sabe qué hacer. Me sujeta con sus brazos, mueve los labios en unas palabras que seguramente deben ser tranquilizadoras. Ahora quisiera escucharlo y no puedo. La piel se me hiela, la piel se me moja. El corazón bate fuerte y apenas puedo respirar. No termino de ahogarme. No termino. Me quema todo. Hace frío. Me congelo. Extraño el calor de la selva. Mis ojos quieren volver a ella. Yo seré pronto el hombre muerto, el envenenado.